Renta fija y renta variable: cómo confeccionar una cartera de inversión diversificada

Canalizar nuestros ahorros en inversión puede ser una magnífica noticia para garantizarnos la mayor tranquilidad posible en el largo plazo, pudiendo conseguir un complemento para nuestra pensión de jubilación o dándonos la opción de hacer realidad nuestros objetivos vitales y financieros. En este contexto, la ayuda profesional y, hasta emocional, que puede brindarnos un asesor financiero es clave para alcanzar el éxito.

De todos modos, no resulta sencillo establecer en una cartera de inversión qué porcentaje destinar a la renta fija y cuál a la renta variable. Factores como nuestro perfil de riesgo, la capacidad que tenemos de generar nuevas aportaciones (y, con ello, optar a los beneficios del interés compuesto), la coyuntura de los mercados o los propios imprevistos que pueden surgirnos a lo largo del tiempo (como, por ejemplo, pagar la matrícula de un máster para nuestro hijo o tener que afrontar los gastos de una operación médica) son muy importantes para concretar nuestra cartera. En cualquier caso, lo más probable es que esta vaya evolucionando y variando a lo largo del tiempo, por lo que es importante tener claros algunos conceptos, tanto para mejorar nuestra cultura financiera como para estar bien preparados de cara al futuro.

Qué es la renta fija y qué ventajas tiene

Cualquier inversor minorista de carácter conservador se sentirá, en principio, identificado con los productos de renta fija, porque llevan un bajo riesgo asociado y, habitualmente, aportan una rentabilidad conocida de antemano.

Tipos de renta fija

Existen diferentes tipologías de renta fija a tener en cuenta en función de varios crierios:

  • Según quién la emite, existe la de naturaleza pública (como las Letras del Tesoro o los Bonos del Estado, que son emitidos por las Administraciones para financiar sus gastos y que se negocian en el Mercado de Deuda Pública con la supervisión del Banco de España) y la privada (como los pagarés, las obligaciones de empresas privadas, las titulaciones hipotecarias o las cédulas territoriales, que son emitidos por entidades para aumentar capital o financiar proyectos, cotizando en el mercado de renta fija AIAF con la supervisión de la CNMV).
  • En función del plazo de vencimiento, hay de corto plazo (es el caso de las Letras del Tesoro o los pagarés de las empresas, que tienen un vencimiento que ronda los 18 meses y que se caracterizan por ser de una liquidez elevada, lo que posibilita que se intercambien con facilidad en los mercados secundarios) y de medio y largo plazo (aquí hablamos, por ejemplo, de Bonos y Obligaciones de empresas y Administraciones Públicas, cuyo vencimiento supera de media los dos años, pero con una rentabilidad potencial mayor a cambio, eso sí, de más riesgo).
  • Según su rendimiento, existe la de rendimiento explícito (con un pago periódico al inversor en forma de cupones o intereses) y la de rendimiento implícito (donde la rentabilidad viene determinada por la diferencia entre el precio pagado por el inversor y el de su amortización).

Posibles riesgos

El principal riesgo que tiene la renta fija es el del posible impago por parte de la entidad que la emite, para lo que existen las agencias de rating, que permiten medir la probabilidad de que esto ocurra (también llamado ‘default’ en el argot financiero). El otro gran factor relevante para este tipo de productos es el tiempo, ya que cuanto mayor sea la fecha de su vencimiento, más incertidumbre existirá, y, por lo tanto, habrá un mayor riesgo. Como norma habitual, un vencimiento más extendido implicará que se ofrece una rentabilidad más alta para sus acreedores.

Muchos especialistas recomiendan tener siempre una base de nuestras carteras invertida en renta fija para disponer de ingresos estables y, en el caso de resultar necesario, contar con una posible liquidez extra para realizar nuevas inversiones en otros activos en el futuro.

Qué es la renta variable y sus claves

Es un tipo de inversión en la que la recuperación del capital invertido y su rentabilidad no están garantizadas ni se conocen previamente. De hecho, su evolución en los mercados varía de acuerdo a muchos factores, como la situación de la empresa en la que se invierta, el comportamiento de la Bolsa o la coyuntura económica de un país, entre otros.

Dada su naturaleza de mayor volatilidad y, por lo tanto, mayor riesgo, lo más aconsejable para los pequeños inversores es que cuenten con el máximo asesoramiento profesional posible antes de optar por una estrategia basada en la renta variable. Es más, en España los inversores individuales no pueden realizar la compra de acciones de compañías directamente en los mercados de valores, sino que deben apoyarse en un intermediario financiero, que se ocupa de ejecutar las órdenes de compra y de venta que le encomiendan sus clientes. En cualquier caso, todas las transacciones que tienen lugar en nuestro país son supervisadas por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), que vela por la máxima transparencia y protección para los inversores.

Trabajadora analizando las diferencias de la renta fija y variable

Cada vez es más frecuente que los ahorradores accedan a la renta variable a través de los fondos de inversión, que son instrumentos financieros que agrupan las contribuciones de muchos partícipes, cuyo dinero es gestionado por una entidad profesional y acreditada que lo invierte en diferentes activos –entre ellos, acciones– para obtener rendimientos financieros. Existen multitud de fondos en la actualidad, divididos según los activos y mercados en los que operan y, sobre todo, de acuerdo a su nivel de riesgo, por lo que los inversores pueden decidir cuál se ajusta mejor a su perfil.

Consejos y buenas prácticas

Antes de invertir en renta variable, conviene:

  • Planificar una estrategia de largo plazo, ya que la experiencia dice que en períodos prolongados es más factible para los inversores batir al mercado.
  • Apostar por la diversificación, lo que quiere decir que conviene invertir en mercados diferentes y en industrias distintas para evitar que una crisis, por ejemplo, afecte en exceso a la rentabilidad de nuestra cartera.
  • Realizar aportaciones periódicas en lugar de hacerlas de manera esporádica, con objeto de optar al interés compuesto (la rentabilidad de nuestra rentabilidad).
  • Dejarse guiar por el consejo profesional que un buen asesor financiero acreditado puede brindarnos.

Diferencias principales entre renta fija y variable

Como ya se ha comentado, existen las siguientes diferencias entre renta fija y renta variable:

  • En cuanto al riesgo, en la renta fija se conocen los rendimientos que se obtendrán y la fecha en que se cobrará, aunque no está exenta de amenazas (por ejemplo, en la iliquidez de un bono o en la falta de solvencia de la entidad emisora). En el caso de la renta variable, el riesgo está asociado principalmente a la incertidumbre sobre la evolución del valor de las acciones.
  • Sobre su rentabilidad, en el caso de la renta fija tiene un rendimiento certero, concebido desde el momento de su emisión, aunque de naturaleza más baja que en el caso de la renta variable, que se apoya en la volatilidad para ofrecer mayor probabilidad de ganancias (pero, también, poder perder más capital).
  • En relación al tiempo de la inversión, ambas se pueden negociar o liquidar en cualquier momento, aunque suelen ser más fácilmente transmisibles las acciones ya que, por ejemplo, los bonos requieren de una negociación y un acuerdo previo entre las partes. Con carácter general, la renta fija está asociada a inversiones de largo plazo.
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Jairo

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