La parte positiva de “consejos vendo que para mí no tengo”

Hay un refrán que dice: “Consejos vendo que para mí no tengo”. Y es que se nos suele dar mejor aconsejar a los demás que poner en práctica nuestros propios consejos. Aprovechemos esta virtud.

Ya que nos cuesta tanto cumplir con los objetivos en el mes de enero, ¿qué te parece convertirnos en motivadores, en Pigmaliones de los demás, para que por lo menos ellos puedan alcanzarlos? Así podríamos generar una cadena y, con suerte, te llegará a ti el consejo de algún amigo Pigmalión, un mentor, un motivador, que seguro que no está cumpliendo con sus objetivos, pero que te ayudará a conseguir los tuyos.

Reconozcámoslo… nos necesitamos. Aunque sea para no ver fracasar a nuestro alrededor a todos los que se han emocionado con los objetivos de enero. Y a ser posible, para que nosotros también podamos comprometernos con ellos con la ayuda de los demás.

“Consejos vendo que para mí no tengo” siempre ha sido un refrán negativo. Yo divido los refranes en negativos y en positivos. Los negativos son esos refranes aleccionadores, a los que les encanta aleccionarnos, hacernos ver la realidad a base de zascas. Entre estos refranes se encuentran los míticos “a Dios rogando y con el mazo dando” o “donde las dan las toman”. La verdad es que el refranero español tiene un poco de mala leche. Pero también los hay con un tono más positivo. Estos refranes son dóciles, amables, prácticos. Mira la diferencia: “A donde el corazón se inclina, el pie camina” o “da y ten, y harás bien”. Preciosos.

Con mi espíritu positivo, tratemos de “amabilizar” el refrán “consejos vendo que para mí no tengo” y verle un lado más positivo. Utilicemos lo bien que vendemos consejos para ayudar a los demás. Si deseas convertirte en el Pigmalión de alguien y sentir cómo una sola persona mejora su vida gracias a ti, puedes empezar por:

Ironía cero.

“Ya veo, ya veo. Estás de un activo… que ni las escaleras de la oficina eres capaz de subir”. Las personas no espabilamos a golpe de ironía. Nos suele sentar bastante mal ser conscientes de que algo nos cuesta y que alguien venga a aleccionarnos con su parte burlesca.

No trates de abrirle los ojos, ábrele tu apoyo.

“¿Pero no dijiste el día uno que ibas a reducir el pan? ¡Pero si comes más pan que antes!” Si haces este comentario, fracaso seguro. La persona se sentirá frustrada, avergonzada, incapaz y culpable. Sí, ¡culpable! El malestar y la culpabilidad no nos ayudan a cambiar hábitos. Al contrario, suelen generar un estado de ánimo adverso en el que nos cuesta implicarnos con los objetivos. Es más fácil preguntar algo así como: “Me comentaste el día uno que querías reducir el pan que comes. ¿Cómo te puedo ayudar? ¿Quieres que compre una barra en lugar de las dos que suelo traer?”.

Eres su motivador, piensa en qué palabras le motivan.

Todos hemos visto en algunas películas, discursos que nos han dejado sin aliento. El momento de En busca de la felicidad en el que Will Smith le dice a su hijo: “Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Ni siquiera yo. Si tienes un sueño, tienes que protegerlo”; cuando Rocky habla con su hijo y le dice: “Hay que soportar sin dejar de avanzar, así es como se gana. Si tú sabes lo que vales, ves y consigue lo que mereces, pero tendrás que soportar los golpes de la vida”; o el liderazgo de Nelson Mandela en Invictus. ¿Vas a ser tú menos que ellos? ¡Anda ya! Busca las palabras adecuadas, manda ese mensaje impactante, utiliza el humor, plántate delante de tu amigo como si fueras un actor de Hollywood. Si al final no le motivas, por lo menos os echaréis unas risas. Y eso que llevarás ensayado para cuando tengas que dar un discurso en público.

Reconoce sus puntos fuertes.

“Me encanta porque sabes organizarte y siempre terminas encontrando el hueco para hacer lo que te propones”, o “con tu sentido del humor y simpatía te será muy fácil hacer nuevos amigos en el gimnasio. Tienes un don para caer bien”. Hay veces en que fallamos por nuestras áreas de mejora, pero si alguien nos recuerda un punto fuerte en relación con nuestro objetivo, puede ser que esa fortaleza nos motive para implicarnos.

Sé un facilitador.

Imagina que eres madre, padre, amigo, y puedes echar una mano llevando o recogiendo a tu hijo hasta que coja el hábito y el gusto a su compromiso. Si tu agenda te lo permite, hazlo. No se trata de sobreproteger, solo de facilitar y empujar. Ya sé que todos deberíamos ser responsables y hacer las cosas por nosotros mismos. Pero a veces necesitamos un empujón para luego seguir caminando juntos.

Inspira.

Nada anima más que inspirar a alguien. Se puede inspirar con el ejemplo, con historias reales propias, con ejemplos, con emociones. Tócale la tecla.

Seguro que entre todos conseguiremos ayudarnos a lograr nuestros propósitos.

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