La parte injusta de la vida

Por Patricia Ramírez.

La vida tiene una parte injusta que tarde o temprano te va a tocar… nos va a tocar. Nadie se libra de ello. Tendemos a asociar, equivocadamente, que ser una buena persona es sinónimo de llevar una vida justa, pero no es así. El destino, la suerte, la buena y la mala, la intervención de terceras personas, etc., también juegan papeles protagonistas en nuestras vidas.

Es complicado encajar la idea de que tengas que responsabilizarte de la deuda que te deja un socio mala gente, que tengas que pasar el duelo de la separación de quien te ha sido infiel y te ha traicionado, tener que superar momentos duros en un despido, la enfermedad de un hijo o la tuya propia. La vida tiene piedras y tiene flores y tenemos que estar preparados para afrontarlas.

Ante estas situaciones, lamentarse, quejarse, llorar o actuar con victimismo no nos devolverá lo perdido. Solo nos hará sentir con poco control, como marionetas en manos del destino. En cambio, sí puedes aprender a gestionar ese momento desde otros recursos que te conferirán mayor control. Igual no sobre lo ocurrido, pero sí sobre tu gestión de lo ocurrido.

  1. Acepta la parte que no depende de ti.

Aceptar significa dejar de luchar contra lo que no tiene remedio desde tu capacidad de control. Aceptar no significa que te guste, que dejes de esforzarte en otras áreas o que tengas que resignarte. Significa dejar de invertir esfuerzo en algo que ahora no puedes manejar.

  1. Actúa y toma el control.

A pesar de que no tengas control sobre la globalidad de la situación, igual sí puedes controlar el hecho de dejar de prestarle atención. Por dura que sea la situación, siempre hay algo que puedes hacer.

  1. Haz interpretaciones positivas y racionales.

No eres la víctima de todo, no todo está contra ti, no te mereces lo que está pasando, no eres peor persona, esto no es un castigo. Sencillamente es la vida, con sus piedras y con sus flores. No personalices, solo te causará dolor. Mucha gente sufre y cada uno tiene lo suyo. No eres la víctima, eres una más. El victimismo solo te traerá incapacidad para controlar lo que sí sea controlable.

  1. Normaliza tu vida.

Mucha gente, cuando sufre algo inesperado, rompe enseguida sus rutinas. Esto les lleva a estar más descontrolados. No abandones tu rutina. Normalizar tu vida es coger control y focalizar la atención en lo que suma. Apetece llorar, dejar de esforzarse, dejar de ir al trabajo, encerrarse… pero no conviene. Conviene desahogarse y expresar lo que se siente. No se trata de ningunear las emociones. Pero se trata de que sea un acto depurativo, no para recrearte en ti mismo y en tu dolor.

  1. Céntrate en los demás.

Siempre hay gente alrededor que te necesita. Decía el psiquiatra Viktor Frankl, víctima de los nazis en los campos de concentración, que “he encontrado el significado de mi vida ayudando a los demás a encontrar en sus vidas un significado”. Centrarte y ayudar a los demás puede ser tremendamente gratificante.

Relativizar es una herramienta muy saludable, permite poner en perspectiva nuestros problemas. Lo que hoy es tan importante, ¿también va a serlo mañana? Esto por lo que no puedo conciliar el sueño, esto por lo que me quejo, ¿de verdad merece esta atención por mi parte? ¿Hay gente, sobre todo cercana, que esté peor que yo?

  1. Busca apoyo y bienestar.

Rodéate de gente que te inspire, que te alegre, que sume. La vida, al margen de este episodio, sigue. Cuanto antes te orientes al placer y trates de tener una vida plena, antes saldrás del bucle. Ya sé que cuando se tienen problemas, problemas gordos, no se tiene el alma para la fiesta. Pero dejar de reírse, encerrarse en uno mismo o estar irascible con los demás, te alejará de los tuyos y te amargará. Esta tampoco es la solución.

La adversidad forma parte de la vida. Sería más fácil aprender a convivir con ella que querer no tenerla.

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