La relación entre el ahorro y el interés compuesto

A lo largo de la vida, lo habitual es que cualquier familia sea capaz de generar ahorro, que puede destinarse a guardar de cara a futuras necesidades (como la adquisición de una vivienda o para que los hijos puedan ir a la universidad) o invertirlo, buscando su revalorización probablemente en el largo plazo para, por ejemplo, poder disfrutar de una jubilación más desahogada.

Pero comencemos por el principio. Puede definirse el ahorro como la parte de la economía doméstica que no se dedica al consumo de bienes ni servicios durante el periodo en el que se genera, sino que se pospone a una época futura en el que se necesite. El ahorro posibilita distribuir nuestra capacidad de consumo a lo largo de la vida, permitiendo mantener nuestra economía familiar más estable, contando con un respaldo monetario en aquellos momentos donde los ingresos pueden ser menores, como cuando al jubilarnos pasemos a cobrar una pensión.

En conjunto, los principales determinantes del ahorro son:

  • La renta disponible.
  • La propensión marginal al ahorro (a más renta mayor consumo y, también, incremento del ahorro inducido).
  • La propensión media del ahorro (es decir, la proporción que supone el ahorro sobre la renta total de una persona).
  • La riqueza.
  • El tipo de interés.

El tipo de interés compuesto

El valor del dinero no permanece estable a lo largo del tiempo sino que va variando. Por regla general, cuando el tipo de interés aumenta, las familias tendrán más incentivos para ahorrar, lo que genera un coste de oportunidad para el consumo actual.

Aquí es donde entra en juego el interés compuesto, que es algo así como el proceso financiero mediante el que los intereses generados durante un periodo se suman al capital inicial para producir nuevos intereses. O dicho de un modo algo más sencillo: El interés compuesto significa que aquellas ganancias que se generan cada año mediante una inversión se convierten también en fuente de rentabilidad para el futuro.

El principal aliado del interés compuesto (la mayor fuerza del universo, según afirmaba Albert Einstein) es el paso del tiempo, puesto que si se le deja ‘trabajar’ nuestro dinero generará unos beneficios que, si los reinvertimos, serán capaces de crear mayores beneficios y así sucesivamente.

Expresado formalmente mediante una fórmula, el interés compuesto quedaría expresado así:

Kn= K0 x (1+i)n

N es el número de períodos, K0 es el capital inicial, Kn es el capital que se obtendrá al final, e i es la rentabilidad lograda en cada período.

Diferencias entre el interés simple y el compuesto

La principal diferencia, por lo tanto, respecto al interés simple es que mientras en este solo se multiplican los rendimientos por el número de años, en el compuesto se tienen también en cuenta las rentabilidades de los rendimientos que se obtienen, aumentando el resultado final. Aplicado en el caso de un producto financiero, por ejemplo, un fondo de inversión, significa que no es lo mismo realizar una única inversión puntual y esperar que el dinero ‘crezca’ que ir haciendo aportaciones periódicas, merced tanto al capital que vamos generando nosotros como al que nos va otorgando el propio producto.

Hay, en el extremo opuesto, dos elementos que suelen jugar en contra del interés compuesto:

  • El pago de impuestos que hay que abonar por los intereses financieros que se generan, a lo que se debe añadir el peso de la inflación y de las comisiones que cobran las entidades financieras.
  • La actual coyuntura de tipos de interés cercanos a cero que ha desplomado en muchos casos la rentabilidad de algunos productos financieros. En este contexto, ni siquiera a través del interés compuesto se logrará compensar la pérdida de ganancias de una cartera de inversión promedio.
Familia dedicando parte de sus ingresos al ahorro

El potencial del interés compuesto en el ahorro

En este punto entra en liza otro hito de suma relevancia: el hábito del ahorro. Es decir, si cualquier persona es capaz de reservar una parte de su renta disponible, por pequeña que sea, al ahorro, las posibilidades de que en el largo plazo ese dinero rinda rentabilidades altas si se le pone a ‘trabajar’ son muy elevadas. Tomando de nuevo el ejemplo de un fondo de inversión, destinar cada mes 100 euros para aportaciones periódicas servirá para que el interés compuesto eleve en el futuro los beneficios que obtengamos por ser partícipes de este producto financiero.

Para lograr acostumbrarnos a esta tarea cada 30 días no hay más secreto que tener cierta disciplina y, sobre todo, entender para qué lo estamos haciendo, lo que pasa por poseer la suficiente cultura o educación financiera. Algo que es tarea de todos comunicar, tanto desde el ámbito público como de la esfera privada, para que cale en la sociedad, con independencia de la edad o situación económica de cada persona, sobre todo pensando en cambiar la tendencia de lo que dice el Banco de España, y que asegura que más de la mitad de la población carece de conocimientos financieros básicos.

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